viernes, 11 de noviembre de 2011

Donde hubo fuego, a veces semillas quedan



En los distintos ecosistemas existieron incendios desde que se tiene memoria, a veces por un rayo caído del cielo, otras tantas debido a un distraído acampante, y en el peor de los casos por obra de un criminal consumado. Un territorio con un fuego salvaje, imposible de ser domesticado. Es así que en bosques, montañas y praderas, el primer salto de calidad tecnológico, y lo que era fuente de protección y calor, se encargó de arrasar con incontenible rebeldía. Sus llamas no hicieron otra cosa que intentar incinerar su guión de bueno de la película.

Vaya solo a manera de lamentables ejemplos no pocos desastres en los bosques del Mediterráneo y también el de algunas zonas forestales situadas en el Cono sur. Daños en el medio ambiente, pérdidas cuantiosas en fauna y flora, riesgos para vidas humanas y debacles económicas constituyen postales comunes luego del incendio. No intenta ser un aliciente, pero como intentó explicar Juli Pausas, experto en ecología vegetal del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, también donde hubo fuego muchas veces semillas nuevas quedan.

Para Pausas, el fuego es la perturbación natural de mayor impacto en la vegetación. Incluso situada por encima de tormentas, huracanes, sequías y voraces herbívoros. Tan es así que las plantas que crecen en ambientes con incendios frecuentes han adquirido, en el transcurso de la evolución, una serie de características adaptativas funcionales que le confirieron resistencia a los incendios. Lo dijo hace ya un tiempo, en el número de agosto de 2010 de una revista de divulgación científica llamada Investigación y ciencia.

Algunas especies expuestas a incendios frecuentes, como por ejemplo los pinos o cipreses de la cuenca del Mediterráneo, aunque producen semillas todo el año no las liberan anualmente. Las acumulan en sus copas, en el interior de estructuras leñosas llamadas piñas o conos serótinos. El calor del fuego abre los conos y permite la dispersión de las semillas en el ambiente postincendio, lo cual por suerte luego se traduce en el origen de numerosos ejemplares.

En tanto que en Chile algunos matorrales, que por otra parte históricamente han estado a salvo de los incendios por causas naturales, modifican en la actualidad sus rasgos hereditarios gracias a la mano del hombre. Dicen los expertos que alrededor del 95% de los incendios forestales son causados directamente por el hombre. Parece que las noveles semillas de un arbusto conocido como Helenium aromaticum también.

Según un reciente artículo, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el fuego provocado se ha encargado de seleccionar semillas. Todas resultantes de una pubertad más precoz, con capas aislantes y antitérmicas más gruesas, así como también con una forma más redondeada y por ello más fácil de enterrar. Para Susana Gómez González, científica de la chilena universidad del Bío Bío, estos hallazgos desafían la concepción que se tenía acerca de que los matorrales nativos del país sudamericano presentaban pobres respuestas adaptativas frente a los incendios de origen antropogénico.

Por lo visto, las llamas son dentro de todo un poco consideradas y al menos dan un tiempo a la selección natural y a la evolución. Para Pausas, inclusive algunas zonas que sufrieron incendios en determinado momento representan en la actualidad verdaderos puntos calientes de biodiversidad del planeta. Los ecosistemas vegetales parecen responder ante el estímulo con una mayor especiación. Un alcornoque, de corteza gruesa y aislante, bien puede resultar un claro testimonio.

Ocurre que, como toda capacidad, la adaptación suele tener un límite. Un bombero forestal puede apagar eficazmente un incendio, pero necesita luego de un cierto tiempo de descanso para recuperarse y reiniciar su tarea. Tiempo y descanso es lo que les falta a ciertos árboles. Producto de la sobrecarga de trabajo algunos pinos no pueden regenerar sus piñas.

En los últimos años se asistió en España a un marcado incremento en la frecuencia de incendios forestales. Según Santiago Fernández Muñoz, investigador de la universidad Carlos III de Madrid, fue lo que sucedió por ejemplo en la provincia de Valencia. “A partir de la década de 1970 existió un cambio en el régimen de los incendios, motivado en gran medida por la despoblación rural, el cambio en los usos del suelo, y la mayor continuidad de los ecosistemas forestales como consecuencia de esa despoblación”, manifestó el científico en una entrevista.

Pausas en tanto opinó que “la proliferación de plantaciones de árboles, sobre todo coníferas, y las políticas de prevención y extinción de incendios contribuyeron a un aumento de combustible inflamable”. Parece coincidir con Fernández Muñoz en que las políticas de prevención y extinción de incendios implementadas en España no han logrado dar mayores respuestas.

“Durante los últimos 40 años existió un incremento en el tamaño y la frecuencia de incendios en muchos de nuestros paisajes. Este incremento se ha producido a pesar de la intensificación paralela de los esfuerzos de control y extinción de fuegos”, remarcó el investigador. Por si fuera poco se encargó de tildar de poco natural y contraproducente a la gestión forestal que intenta eliminar a cada uno de los incendios que ocurren en el tiempo. Considera que “deberían asumirse ciertos regímenes sostenibles de incendios y se tendría que aprender a convivir con ellos".

En Chile las cosas no parecen ser muy diferentes. Claro, con la salvedad de que según los científicos el incremento exponencial en el registro de incendios forestales, a partir del siglo XIX, ha estado siempre vinculado a actividades humanas. Allí los arbustos no padecieron, ni padecen, una mayor predisposición para sufrir incendios debido a causas naturales. Igual piden un poco de tiempo.

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