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jueves, 7 de marzo de 2013

Carbonero, en invierno las calorías mandan




“Hay que pasar el invierno”, exclamaron algunos pájaros mientras veían como un artrópodo, su otrora importante fuente de alimento, se escondía entre la espesura de un bosque de la Europa Central. La nieve y los días más cortos generan un mayor trabajo a la hora de rastrear una presa y por si fuera poco el frío tampoco perdona. Desencadena un incremento en el gasto de energía necesario para subsistir. Todo esto se traduce en un disbalance entre el ingreso y el egreso de calorías, que afortunadamente algunas aves optan por enfrentar por medio de la búsqueda e ingesta de nutrientes más energéticos y con un alto contenido graso.

Según un grupo de científicos de la universidad alemana de Ulm, comandados por Swenn Renner, durante el crudo invierno un carbonero común -claro si esta en condiciones de elegir su menu- prefiere  ingerir alimentos con alto contenido de grasas. Gracias al empleo de recipientes con diferentes nutrientes, que hacían las veces de estaciones de alimentación colocadas estratégicamente, pudieron observar como los carboneros optaban por consumir semillas de girasol dejadas por los investigadores. Según quedó relatado en un artículo publicado recientemente en la revista PLoS one las ingerían más asiduamente que a otros alimentos ricos en hidratos de carbono, tales como la cebada o  la avena. Incluso con mayor voracidad que a unas vistosas frutas de bajo contenido energético denominadas rowanberries.

“Las semillas de girasol no serán unos apetitosos artrópodos pero también tienen lo suyo“, piensan los friolentos carboneros. Estamos en invierno dicen, y aquí las calorías son las que mandan.

Imagen: Efemedos-Flickr

martes, 24 de abril de 2012

Pájaros de Chernóbil: radiación y cerebros pequeños


Bitacora Suite.101: Artículos de otro espacio y tiempo para un mundo curvo y circular.
 
Aves post nucleares, prisioneras de fugas radioactivas. Con cerebros más chicos lamentablemente afrontan el día a día. Científicos lo afirmaron en la revista PloS one para ellos por el momento ninguna duda existiría. Por eso, si es que cerca de la República de Ucrania ve algún pájaro que no del todo bien coordina, no dude en recomendarle cuanto antes una consulta por neurología.

Anders Pape Møller, investigador de la universidad francesa de Paris-Sud, de su asombro no salía, mientras la cabeza de 550 ejemplares -pertenecientes a 48 especies diferentes, vecinas de Chernóbil- a mediados del año 2010 pacientemente medía. Entre ellas, algunas asustadas golondrinas que serias consecuencias temían.
 Intuían que con un cerebro más pequeño ya no existía verano. Recordaban lo ocurrido a una que había migrado, en una primavera desde el sur del continente africano. Le había costado muchísimo llegar a destino, largo tiempo después que el resto de su colonia. “Se me cayeron las alas”, desconsolada repetía. Pero ahora, todas están más que seguras que fue por obra y gracia de una falla en la neurología.

 Liberación de radiación, problemas en el cerebro

Møller les explicaba como podía. Una tremenda explosión en una central nuclear, la liberación catastrófica de materiales radiactivos a la atmósfera, pérdidas de numerosos seres vivos y pueblos devenidos fantasmas. También les comentó que luego del desastre comenzó a reinar un desequilibrio entre oxidantes y algunos compuestos protectores antioxidantes cerebrales, entre ellos uno en particular denominado glutatión. Un cerebro con pobres reservas de glutatión tenía más problemas en completar su desarrollo y menos adversidades finalmente resistía.

Pero las golondrinas no entendían de radicales libres, ni mucho menos de lecciones de radiobiología. Tampoco de semejante descalabro en su economía. Acostumbradas a largos vuelos de varias semanas de duración, y con grandes gastos energéticos, hubieran dado sus músculos, el tubo digestivo y hasta una porción de su hígado antes de tener que sacrificar una neurona debido a un déficit de energía.

Accidente de Chernóbil: poco glutatión

Møller les dijo que por el momento era todo lo que sabía. Para él, nuevos estudios luego aclararían los alcances de dicha alteración en la fisiología. Pero no tenía dudas, que para las aves de Chernóbil desde 1986 el dosímetro también regía. “A mayor concentración de partículas radioactivas, menor tamaño del cerebro”, convencido repetía. Explosión, radioactividad, compuestos oxidantes, nada de glutatión, cerebro pequeño y consultas a neurología. Momento oportuno para el fin de esta encontrada y triste letanía.

Imagen: Flickr-Carl Montgomery